Domingo a la mañana escuchando esta canción en el eventual estado suicida propio de estos días, quiero que explote una bomba en mi cabeza, o simplemente alguien que me explique por qué todo el tiempo pasa así, de este modo, y qué poco resolutivo es el universo cuando las crisis te desgarran los dientes y a tu espejo no a quién lo salve, mañana me voy a desfragmentar adentro mío, voy a cerrar los ojos, voy a apretar los puños, voy a sumergirme y esperar a que nadie más hable acá.
Hace tiempo que estamos midiendo el mundo con reglas de juguete de esas que usábamos en el jardín de infantes, hoy estamos atrapados en el estómgao de Godzilla y a nadie parece importarle, coleccionamos flores en cuadernos de lunares blancos y evitamos mirarnos para no tener que acordarnos de nuestro nombre, escribimos garabatos en la pared y grafitis en las ventanas cuando los malvones se marchitan con el sol de las siete.
Cuando nos demos cuenta de que nos atraparon adentro de un televisor estaremos ya bastante drogados, olvidándonos de lo importante optando por los farsantes y esos mentirosos atletas que se dan vuelta por la calle y se cuelgan de nuestras pestañas para inyectar en nuestras pupilas un sindicato de fluorescencias que nadie puede masticar, porque se te pega a las muelas y con esos taladros gigantes de las construcciones podrías quitarlo, pero no, porque la prisa se hace imperativa y mañana estarán todos pensando en nuestras sonrrisas torcidas, nuestras caras imperfectas, nuestros cuerpos poco trabajados, dejemos a la gente hermosa triunfar mientras nosotros seguimos cavando madrigueras bajo robles de papel que algún viernes a la tarde habremos hecho mientras comíamos galletitas escuchando canciones de primavera.
Ya no existen los domingos de triciclos, ni bizcochuelos ni carreras en la vereda, ni jugando en el patio de mi abuela, ni escuchando Genesis a la mañana mientras dibujaba cualquier cosa, ahora los domingos son tazas de cianuro que inhalamos en nuestras habitaciones tristes y golpeando nuestras cabezas con martillos de vidrio.
Si hubiera sido como lo prometiste, esta vuelta de hoja hubiera sido de otro color.
Hace tiempo que estamos midiendo el mundo con reglas de juguete de esas que usábamos en el jardín de infantes, hoy estamos atrapados en el estómgao de Godzilla y a nadie parece importarle, coleccionamos flores en cuadernos de lunares blancos y evitamos mirarnos para no tener que acordarnos de nuestro nombre, escribimos garabatos en la pared y grafitis en las ventanas cuando los malvones se marchitan con el sol de las siete.
Cuando nos demos cuenta de que nos atraparon adentro de un televisor estaremos ya bastante drogados, olvidándonos de lo importante optando por los farsantes y esos mentirosos atletas que se dan vuelta por la calle y se cuelgan de nuestras pestañas para inyectar en nuestras pupilas un sindicato de fluorescencias que nadie puede masticar, porque se te pega a las muelas y con esos taladros gigantes de las construcciones podrías quitarlo, pero no, porque la prisa se hace imperativa y mañana estarán todos pensando en nuestras sonrrisas torcidas, nuestras caras imperfectas, nuestros cuerpos poco trabajados, dejemos a la gente hermosa triunfar mientras nosotros seguimos cavando madrigueras bajo robles de papel que algún viernes a la tarde habremos hecho mientras comíamos galletitas escuchando canciones de primavera.
Ya no existen los domingos de triciclos, ni bizcochuelos ni carreras en la vereda, ni jugando en el patio de mi abuela, ni escuchando Genesis a la mañana mientras dibujaba cualquier cosa, ahora los domingos son tazas de cianuro que inhalamos en nuestras habitaciones tristes y golpeando nuestras cabezas con martillos de vidrio.
Si hubiera sido como lo prometiste, esta vuelta de hoja hubiera sido de otro color.

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