Siempre hay alguien muriéndose del otro lado de la puerta, el paso sordo, la cara perdida en un balde agua, la música tan alta que anularía cualquier rastro de dolor, siempre alguien llamándonos con el volumen alto en el televisor, y la esperanza que escondo cada mañana en la taza de café que se vacía entre un pensamiento y el tanteo veloz de todas las veredas que tendré que recorrer sin sol.
Nadie llora tanto lo días nublados en realidad, dormimos angustiados, nos desenredamos con películas viejas y acabamos por matar el alma entre garabatos en el suelo y un zig zag veloz de los dedos sucios.
Si la ventana se empaña es el vaho de tantas horas encerrados, releyendo tantos libros, repitiendo tantos discos, pero hay un día del invierno dónde todo acaba, dónde todo explota, el malvón se muere, la señora llora y a nadie le interesa cuanto empeño le ponía cada día en regarla y contarle cuentos nuevos, una bici nueva, la pelota pinchada, el gato muerto, todo lo que siempre olvido y vuelvo a contar, como la reiterada historia de la gente que se siente siempre sola cuando se esfuerza en recordar que no lo está. Es solo una rutina más, eso de crear crisis que no nos dejan de golpear.