Quizás irme a dormir sea la mejor decisión que pueda tomar de todas las erradas que tomé en este último tiempo.
Almaceno la persecución de las esquinas de mi barrio que se cuelan por mis neuronas como arena invisible y tienen el mar entre su salitre, y de todos mis al-reveces y despertares desilucionados, de esos bajoneros que basta con la confrontación cara-espejo para que quieras mandarlo todo a la mierda y desfragmentar la piel en mil trocitos para que nadie nunca tenga pista de dicha inmolación. Vender los derechos de autor del sucidio más creativo de la historia para sobornar a Jesús cuando me quiera hacer el test psicológico y sus abogados decidan que estaré mejor en el infierno por tanta herejía. Como artistas, como bohemios, como hippies drogadictos que fuman toda la marihuana que pueda comprar la plata de mamá, como esas personas que critican el trabajo con la comodidad de nunca verse obligados a tenerlo, como jóvenes militantes de partidos de ultra-izquierda que jamás consiguen más votos que los que les puedan dar sus afiliados, como pibes que solo cursan materias para tomar mate y hablar de socialismo, como todas las utopías que nos inventamos todos los días para consolar nuestras perjudicadas conciencias (Siempre me costó entender cómo se escribe correctamente, el maldito uso de la S y la C, no tengo conciencia de cómo se escribe conciencia, por eso siempre le pregunto a Google), como todos ellos me sentaré a malgastar mi tiempo en la inútil labor de idear el suicidio más creativo de la historia. Por el simple placer de pensar que el arte hoy solo es morirse.
De todos modos, siempre nos suicidamos, el punto es que siempre lo hacemos de manera parecida, y así hasta el puro arte de morirse se nos vuelve un poco aburrido también, de todos modos, miento si dijera que en el purgatorio nuestro de cada noche yo no encontrara consuelo, el estado predilecto es el que ya no nos permite enfocar la vista en la baldoza correcta que debo pisar.
El mejor momento es en el que se me cae la cabeza sobre la almohada, sin importar cómo fue que la existencia me permitió devolver mi cuerpito diminuto y pansudito a las sábanas tibiecitas, que no hay frío más suicida que el de las seis de la mañana, que no hay calor más encantador que el de casa apenas se cierra la puerta detrás de uno (En hipócrita silencio), y se me derruma el ser casi de forma anesteciada, creo que he descubierto la receta casera de la morfina, creo que el cielo está en la tierra, no es una cuestión espacial ,es meramente temporal.
Almaceno la persecución de las esquinas de mi barrio que se cuelan por mis neuronas como arena invisible y tienen el mar entre su salitre, y de todos mis al-reveces y despertares desilucionados, de esos bajoneros que basta con la confrontación cara-espejo para que quieras mandarlo todo a la mierda y desfragmentar la piel en mil trocitos para que nadie nunca tenga pista de dicha inmolación. Vender los derechos de autor del sucidio más creativo de la historia para sobornar a Jesús cuando me quiera hacer el test psicológico y sus abogados decidan que estaré mejor en el infierno por tanta herejía. Como artistas, como bohemios, como hippies drogadictos que fuman toda la marihuana que pueda comprar la plata de mamá, como esas personas que critican el trabajo con la comodidad de nunca verse obligados a tenerlo, como jóvenes militantes de partidos de ultra-izquierda que jamás consiguen más votos que los que les puedan dar sus afiliados, como pibes que solo cursan materias para tomar mate y hablar de socialismo, como todas las utopías que nos inventamos todos los días para consolar nuestras perjudicadas conciencias (Siempre me costó entender cómo se escribe correctamente, el maldito uso de la S y la C, no tengo conciencia de cómo se escribe conciencia, por eso siempre le pregunto a Google), como todos ellos me sentaré a malgastar mi tiempo en la inútil labor de idear el suicidio más creativo de la historia. Por el simple placer de pensar que el arte hoy solo es morirse.
De todos modos, siempre nos suicidamos, el punto es que siempre lo hacemos de manera parecida, y así hasta el puro arte de morirse se nos vuelve un poco aburrido también, de todos modos, miento si dijera que en el purgatorio nuestro de cada noche yo no encontrara consuelo, el estado predilecto es el que ya no nos permite enfocar la vista en la baldoza correcta que debo pisar.
El mejor momento es en el que se me cae la cabeza sobre la almohada, sin importar cómo fue que la existencia me permitió devolver mi cuerpito diminuto y pansudito a las sábanas tibiecitas, que no hay frío más suicida que el de las seis de la mañana, que no hay calor más encantador que el de casa apenas se cierra la puerta detrás de uno (En hipócrita silencio), y se me derruma el ser casi de forma anesteciada, creo que he descubierto la receta casera de la morfina, creo que el cielo está en la tierra, no es una cuestión espacial ,es meramente temporal.


