Algo en este mundo duele siempre, sangra siempre, extraña forma de ver la tortura en los ojos de tus amigos, y en el amor que se desvanece cada día, las formas en que nada parece tener un orden real y tus palabras se golpean entre sí, hacen espacio y se vuelven a chocar, te perforan la garganta con un fuego ácido que te quema y te maltrata, y ellos siempre miran, siempre miran, siempre odiándote al mismo tiempo que te necesitan, en el medio de esta vertiginosidad nuestras manías de escurrirnos en canciones y pinturas, que algo explote entre mis dedos. Ellos siempre estarán ahí, desmoronándolo todo. Ya no hay logros que valgan la pena en este cielo gigante de cosas extrañas que nunca nos van a dejar respirar, todo lo que camines alguien lo vendrá a pisar, y así cuesta un poco más sonrreír un domingo, domingo de no estar, domingo de no estás, domingo de viajar bien lejos y volver con los huesos helados.
Nadie tiene interés en contarte lo que hiciste bien ayer, nadie tiene interés en ayudarte. Son ellos, los que me llaman cada tarde para salir a pasear, son ellos, los que me golpean cada noche después de bailar, los que me persiguen con insultos, los que me buscan con halagos, los que siempre tendrán un apodo gracioso para catalogarme y al mismo tiempo un adjetivo filoso para dañarme. Este es nuestro mundo, el triste, gris y apagado.
Pocas cosas me salvan al final del día, alguna vuelta ilógica por la ciudad o un mensaje que se hace luz entre horas tristes y malditas maquinaciones rutinarias. Yo no elegí estar mal porque sí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario