martes, 30 de agosto de 2011

cadadia

Sin darnos cuenta, el mundo ya se estaba aniquilando, un marinero que se ahoga y el depredador que canta a diario, nos están llamando y los ignoraremos. Segundos es el modo en que se desglosa la luz y un tercero se hace carne entre nuestras sábanas, una sombra lumínica que nace de la piel, o alguien que nos grita y nos llama de algún lado. Ignorando cada ritual, la matanza acelerada de estaciones, abrimos los ojos, seguíamos mencionando el mismo número redondo y ya se nos había pasado un siglo sin darnos cuenta, la vorágine de crecer y angustiarse, abrazarse para que el tiempo duela menos y los pies no nos desgarren tantos kilómetros de nuestra memoria, la que te pido que me dejes, y que no haya tierra de la que nada nazca, que no hayan libros de los que nada aprenda ni sinfonías de las que no arranque lágrimas.
Que no me aflore la angustia ni se enfríen los mates en las noches de espera en los crudos inviernos, que no se mueran mis malvones ni las caras en las que resbalo cada día, que haya una fórmula serena de entender la existencia y sus consecuencias. Todo lo que hoy hagamos será crimen mañana, actos altruistas o entregas de amor desesperado a un universo que siempre que nos dejó tirados.
Un beso es la briza que se roba el olor a césped, ese aterrizaje invertido en un cielo de fantasmas, el fin solo es un condimento más de la galaxia y su eternidad, el equinoccio del planeta y el fusilamiento de nuestras penas.

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