Los eternos borrachos camiando por los adoquines viejos de San Telmo, hay cosas que me parecen un festín visual, por estas calles la gente parece más rara, los enamorados más enamorados, los snobs más snobs, los músicos más músicos, los poetas erran sin público, sin lectores, en el fondo somos todos solo un montón de oportunistas que pasan los días rogándole al tiempo noches más cálidas y cervezas menos caras, mirando las horas pasar desde el cordón de la vereda, el desfile de hippies y viajeros de acentos raros, jugando a los bohemios, aunque en el fondo estando ahí todos lo hacemos un poquito, enrroscados a botellas de vino barato que duran en la mano lo que dura un amor primaveral, lo que duran diez pesos en mi bolsillo un viernes a la noche, lo que dura un porro entre cinco personas. El aire está cargado de perfumes y las notas y acordes de pianos y guitarras se golpean entre ellos en una mezcla de blues y jazz y algunos imitadores malos de esos que les gustan a los turistas gringos aburridos , las botellas no cesan de rodar por la calle y las ofertas nunca se mueren.
Hay tantas historias que escuchar, que a momentos me hace mejor sentir que no soy de ningún lugar, prefiero a los nadies antes que a los alguien, y la mejor parte es en la que todos nos reímos porque sabemos que solo de eso depende sentirnos por un rato bien, es que a ninguno le importa ya realmente el futuro, que ha quedado sepultado entre los fajos de billetes de aquel señor europeo que se pasea muy confiadamente en algún auto caro cuya marca jamás sabré cuál es.
Yo no sé que filosofía extraña escucharé hoy tejida entre el humo del cigarrillo de algún conocido desconocido.
Me molesta que exista el tiempo, me molesta que exista el dolor, huelo tu huella en el camino perdido, y se repiten mil veces las proyecciones del sol sobre mi cabeza, son historias que se repiten todo el tiempo en todos lados, me siento mejor charlando con los deprimidos que festejan, que con los contentos que celebran, de todos modos no nos queda mucha cosa por la que reír más que de nuestra propia fatalidad, repitiéndonos una y otra vez en el mismo lugar, a la misma vez.
Me dan risa y me angustian los borrachos de camisa y zapatos a las seis de la mañana cuando alguien los ha finalmente despojado de su desagrdable música, yo no creo que pueda extasiarme como Dean Moriarty escuchando be-bop en una fiesta en algún bar de mala muerte, ni alienarme como Alex escuchando a Ludwig en su habitación, tampoco sé si pueda derretirme en el jazz como lo hizo Etienne en un departamento con olor a vodka, pero todabía hay algo entre las neuronas que teje un poco de estilo en mis pasiones auditivas, aunque sea para llenarme la boca con una verborragia inútil que de nada sirve. Me molesta la intelecutalización teórica del arte y la infinitud de discursos grises, hoy quiero quebrar con mi pirámide para hacerme trizas y hablar solo de lo que realmente vale: nadie sabe qué pasará mañana, nadie sabe si estaremos vivos, nadie parece preocuparse por eso.
Hay tantas historias que escuchar, que a momentos me hace mejor sentir que no soy de ningún lugar, prefiero a los nadies antes que a los alguien, y la mejor parte es en la que todos nos reímos porque sabemos que solo de eso depende sentirnos por un rato bien, es que a ninguno le importa ya realmente el futuro, que ha quedado sepultado entre los fajos de billetes de aquel señor europeo que se pasea muy confiadamente en algún auto caro cuya marca jamás sabré cuál es.
Yo no sé que filosofía extraña escucharé hoy tejida entre el humo del cigarrillo de algún conocido desconocido.
Me molesta que exista el tiempo, me molesta que exista el dolor, huelo tu huella en el camino perdido, y se repiten mil veces las proyecciones del sol sobre mi cabeza, son historias que se repiten todo el tiempo en todos lados, me siento mejor charlando con los deprimidos que festejan, que con los contentos que celebran, de todos modos no nos queda mucha cosa por la que reír más que de nuestra propia fatalidad, repitiéndonos una y otra vez en el mismo lugar, a la misma vez.
Me dan risa y me angustian los borrachos de camisa y zapatos a las seis de la mañana cuando alguien los ha finalmente despojado de su desagrdable música, yo no creo que pueda extasiarme como Dean Moriarty escuchando be-bop en una fiesta en algún bar de mala muerte, ni alienarme como Alex escuchando a Ludwig en su habitación, tampoco sé si pueda derretirme en el jazz como lo hizo Etienne en un departamento con olor a vodka, pero todabía hay algo entre las neuronas que teje un poco de estilo en mis pasiones auditivas, aunque sea para llenarme la boca con una verborragia inútil que de nada sirve. Me molesta la intelecutalización teórica del arte y la infinitud de discursos grises, hoy quiero quebrar con mi pirámide para hacerme trizas y hablar solo de lo que realmente vale: nadie sabe qué pasará mañana, nadie sabe si estaremos vivos, nadie parece preocuparse por eso.

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