Simplemente nos sentamos a tomar el té, mirar el mundo con cara de desinterés, reír y criticar a toda la gente. La frágil paz que finalmente conseguimos, esa estabilidad espontanea y escurridiza que nos anestesia y nos hace agua en un río de flores secas.
Partículas volátiles de accidentes inesperados, ponemos nuestras caras de chicos raros y nos encerramos en nuestros cascos de ciclistas de la luna, de acróbatas de las galaxias lejanas, torcemos los pies y bailamos sin ritmo, estamos apretados en multitudes extasiadas, estamos comprando euforia en litros, en cápsulas, en pastillas, en polvos, estamos comprando la euforia, estamos envasándola y guardando repuestos para cuando salga el sol y nos sentemos a pretender un universo firme sobre las ciclotimias de nuestros días, los encierros de aneurismas y los estallidos de nuestros glóbulos.
Creo que hoy es uno de esos días en que podría decir que soy feliz, aunque me sienta un poco conformista expresándolo así, de un modo tan vulgar. Los mejores días son esos en los que no tengo motivos para estar bien, no hay necesidad alguna de pensar. Solo me tumbo en el césped o las baldosas del balcón y miro como la tarde se aburre en sí misma.
A veces pienso en volver atrás, pero yo nunca sé cuánto tiempo es atrás, yo nunca puedo medir el tiempo, ni las palabras, ni el amor, ni los viajes, ni los amigos, ni los problemas, yo nunca puedo medir, justo hoy que debí haberlo medido todo.

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