sábado, 15 de agosto de 2009

Vomitar todas las flores de la primavera sobre la humedad que se pegotea sobre la piel, escribiendo mil excusas para aspirar el olor a lluvia, riéndome de la desgracia diaria prolongada, buscando el fin, creyendo que es el fin, deseando el fin, cada minuto revolver cada pieza de la entropía insoportable, el click que me haga alimentar de nubes cada palabra, hacerlas livianas, robarles toda su fragilidad, escupir todo el oxígeno del invierno que acuchillo a cada instante, hacer de mi lírica una mentira, y explotar entre las cortezas del suelo y el polen amarillo, el filo de cada letra, corriendo rápido, procesando el texto interminable, las excusas pendientes, las verdades debidas, la mentira anesteciada, juntarlo todo entre mis manos, fregarlo contra el sudor de una botella, y clavarlo en la baldoza de una vereda de una calle que nadie conozca, para que se pierda ahí, se muera ahí, y yo rogando cada noche que el viento no se despierte con la fuerza de extraerte otra vez, hacer del sepulcro una resurección, un ritual que aniquile lo poco que le quedaba a la voluntad de ser, sin ni si quiera saber qué es ser, y la excusa final, abrir un poco los labios y emitir algún sonido similar a una disculpa, y que todo otra vez, vuelva a destruírse, sobre mí, en mí, el tiempo es una mierda que con cada hoja del almanaque que se cae te recuerda que las primaveras nunca son eternas, y el sol que te entibia mañana te quema, y las flores que nacen mañana se secan, y todo parece tan vano, una vorágine sin final, donde simplemente te queda el escape cíclico entre humo , medicina y alcohol, una alquimia inacabable que destripe todo el dolor, momentanemaente, de todos modos, al final, siempre termina saliendo el sol, tan seguro como que se irá (Y algún día yo también)

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