Todas las plantas del balcón se morían mientras alguien contaba cada rayo del sol, y una nube aguaba el paisaje con una sutil indiferencia que dejaba a todos algo tristes, con el té caliente derramado en las piernas y el aullido que se pliega entre cada rebanada de tiempo que se va haciendo hilo. La melancolía post-fiestas, el abrazo bien fuerte y una lágrima que siempre quiere huir pero NO, ellas se quedan bien guardadas, entre los gigantes de hormigón y alguna ocurrente banalidad que quiebre con cualquier engorroso callejón que nos haga más débiles y desnudos.
Estamos listos para despegar, en un cohete que se deshaga en mil colores sobre el aire para desaparecer hasta que vuelva a amanecer. Este año ya no quiero morirme.

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