El sábado pasado mi mamá me dió una maceta con tierra bastante fertil y palitas y rastrillos tan chiquitos que parecían de juguete. Agarré las semillas que estaban esperando en una tacita desde hacía mucho meses... es increíble, son como píldoras de vida... y hay un momento preciso en el que algo loco pasa y eso se convierte en una cosa que respira y crece y se desarrolla y probablmente nunca muera... al menos no mientras yo la vea. Ojalá nunca muera. Ojalá esté plantando eternidad.
Así que bueno, hice el pozo, tiré cuatro semillas, y estaba algo impaciente, pero entre cosas y corridas uno se olvida de lo importante para pensar en lo urgente. Menos mal que mi mamá hace rato ya se olvidó de preocuparse tanto por lo urgente, y el otro día mientras yo me dedicaba a cosas urgentes ella me llamó para mostrarme algo importante.

Sí sí, de las cuatro cápsulas mágicas (No me molesten, es magia, es magia pura, no me vengan con la ciencia y esas complicaciones, que para mí es más divertido imaginarme a miles de duendecitos viviendo adentro de la semilla esperando a que finalmente suene la campana y empiezen a trabajar y trabajar para empezar a romper la corteza y salir y ver el sol que hacía años anehlaban conocer) empezaron a salir dos. Y hay un brotecito muy diminuto que la cámara no ha podido precibir, que yo no sé si son benevolencias de los accidentes de la tierra, o una tercer semilla.
Me pone bastante contenta, y ya les empezé a tomar cariño. Todas las mañanas salgo ansiosa para ver si pasa algo, pero ellas solo me piden que sea paciente y no ande con prisas, que para eso ya nos alcanza y sobra con la rutina.
Yo pensaba en ponerles un nombre, pero me dí cuenta que esa manía de nombrar las cosas forma solo parte de la arrogante costumbre humana de andar etiquetando las cosas para darles un poco más de objetividad porque siempre nos escapamos de lo que solo se explica con el pensamiento. Y esa necesidad molesta de nombrar las cosas para sentirnos dueños de ellas, le ponemos nombres a las personas como símbolos de que son nuestros hijos, les ponemos apodos a la persona como símbolos de que son NUESTROS amigos,novios, compañeros, enemigos, conocidos. Le ponemos nombre a toda cosa que queremos ahogar con nuestra posesividad. No sé si sea totalmente negativo, ya que a veces habla un poco del compromiso emocional que tenemos con eso... ¿Pero hace falta que amor y propiedad se hallen contenidos dentro de un mismo hecho?
Y ensima, y para colmo, yo me iba a tomar la impertinencia de ponerle nombre, de adueñarme, de la cosa de la cuál probablmente menos dueña sea en este mundo, de algo que en realidad hasta es más dueño de mí que yo de él, y está la naturaleza tan segura de ser nuestra dueña que jamás tuvo la necesidad de ponernos nombres, de etiquetarnos. Simplemente nos deja ser, y ensima la insultamos nombrándola a ella. Qué manía tan irrespetuosa la de las personas, de pasarse el tiempo desarrollando teorías y artilugios que le den esa sensación de poder tan falsa e invisible.
Estoy seguro de que mis dos semillas, ahora plantas, ya deben tener nombre. Estoy segura de que en su mundo las sociedad son tan perfectas que ellos mismos eligen su nombre, y son tan personales los nombres, y hablan tanto de sí mismos, que ni siquiera deben necesitar decirlo para que todos sepan cómo se llaman. Al final, la única idiota en esta historia soy yo, tan estrecha y simple, que jamás podría saber su nombre porque nunca voy a poder ver lo que realmente deberíamos ver... y ensima es tan tonto creer que sus nombres sean cosas que se pueden decir y escribir, es muy probable que ni siquiera sea así, porque seamos francos, que lo que se dice y se escribe es lo que tememos perder, y el temor de perder algo solo desaparece cuando realmente tenemos la absoluta seguridad del conocimiento universal, algo imposible e inalcanzable para nosotros, que no hubiera estado mal si hubieramos aprendido a reconocer el lugar que ocupábamos en este mundo. Cómo me enferma la puta arrogancia de la especie de inventar teorías y andar dando por hecho la superioridad en este mundo. Es enfermizo.
Así que bueno, hice el pozo, tiré cuatro semillas, y estaba algo impaciente, pero entre cosas y corridas uno se olvida de lo importante para pensar en lo urgente. Menos mal que mi mamá hace rato ya se olvidó de preocuparse tanto por lo urgente, y el otro día mientras yo me dedicaba a cosas urgentes ella me llamó para mostrarme algo importante.

Sí sí, de las cuatro cápsulas mágicas (No me molesten, es magia, es magia pura, no me vengan con la ciencia y esas complicaciones, que para mí es más divertido imaginarme a miles de duendecitos viviendo adentro de la semilla esperando a que finalmente suene la campana y empiezen a trabajar y trabajar para empezar a romper la corteza y salir y ver el sol que hacía años anehlaban conocer) empezaron a salir dos. Y hay un brotecito muy diminuto que la cámara no ha podido precibir, que yo no sé si son benevolencias de los accidentes de la tierra, o una tercer semilla.
Me pone bastante contenta, y ya les empezé a tomar cariño. Todas las mañanas salgo ansiosa para ver si pasa algo, pero ellas solo me piden que sea paciente y no ande con prisas, que para eso ya nos alcanza y sobra con la rutina.
Yo pensaba en ponerles un nombre, pero me dí cuenta que esa manía de nombrar las cosas forma solo parte de la arrogante costumbre humana de andar etiquetando las cosas para darles un poco más de objetividad porque siempre nos escapamos de lo que solo se explica con el pensamiento. Y esa necesidad molesta de nombrar las cosas para sentirnos dueños de ellas, le ponemos nombres a las personas como símbolos de que son nuestros hijos, les ponemos apodos a la persona como símbolos de que son NUESTROS amigos,novios, compañeros, enemigos, conocidos. Le ponemos nombre a toda cosa que queremos ahogar con nuestra posesividad. No sé si sea totalmente negativo, ya que a veces habla un poco del compromiso emocional que tenemos con eso... ¿Pero hace falta que amor y propiedad se hallen contenidos dentro de un mismo hecho?
Y ensima, y para colmo, yo me iba a tomar la impertinencia de ponerle nombre, de adueñarme, de la cosa de la cuál probablmente menos dueña sea en este mundo, de algo que en realidad hasta es más dueño de mí que yo de él, y está la naturaleza tan segura de ser nuestra dueña que jamás tuvo la necesidad de ponernos nombres, de etiquetarnos. Simplemente nos deja ser, y ensima la insultamos nombrándola a ella. Qué manía tan irrespetuosa la de las personas, de pasarse el tiempo desarrollando teorías y artilugios que le den esa sensación de poder tan falsa e invisible.
Estoy seguro de que mis dos semillas, ahora plantas, ya deben tener nombre. Estoy segura de que en su mundo las sociedad son tan perfectas que ellos mismos eligen su nombre, y son tan personales los nombres, y hablan tanto de sí mismos, que ni siquiera deben necesitar decirlo para que todos sepan cómo se llaman. Al final, la única idiota en esta historia soy yo, tan estrecha y simple, que jamás podría saber su nombre porque nunca voy a poder ver lo que realmente deberíamos ver... y ensima es tan tonto creer que sus nombres sean cosas que se pueden decir y escribir, es muy probable que ni siquiera sea así, porque seamos francos, que lo que se dice y se escribe es lo que tememos perder, y el temor de perder algo solo desaparece cuando realmente tenemos la absoluta seguridad del conocimiento universal, algo imposible e inalcanzable para nosotros, que no hubiera estado mal si hubieramos aprendido a reconocer el lugar que ocupábamos en este mundo. Cómo me enferma la puta arrogancia de la especie de inventar teorías y andar dando por hecho la superioridad en este mundo. Es enfermizo.

El poner nombres a las cosa de este mundo es peculiaridad de los humanos, mi amiga. Pero tienes razòn, puede divenir una impertinencia.
ResponderEliminarLuana @ Honey-babe.net