Algunos días me escondo de los recuerdos, y otros solo juego al olvido, como escondidas de madrugaba y amores viajeros, contando los minutos y mirando las nubes, esas mañanas que no hace frío y nos sentimos tan vivos, pasando por las plazas y llegando cuando todos se van, corriendo por la vereda de algún lugar abandonado, como si estuviéramos en otro lado, como si nos hubiéramos robado el París poético de alguna postal y lo usáramos como el fondo de los sucesos, riéndome de los autos, y pensando en los conocidos que atentan contra mí.
Saltando escombros y enamorándome por rato, mientras entra todo el aire húmedo, solo queda pensar si hoy es un día de los que me río de mi indiferencia o si será de esos trágicos en los que me duermo entre la orilla de un río helado y las piedras pinchudas que lo rodean. Si tal vez sea otro viaje por las estrellas, o encerrarme en una nube de algodón ¿Qué nos queda?
Miro la ciudad, me lena de pánico, sus veredas, sus faroles y la gente que camina, yo en ella perdiéndome en la plasticidad, buscando un camino, antes que salga el sol, es demasiado tarde para inyectarme veneno, se pierde el gusto, y hoy me acuerdo en tus ojos, es tan distante. Tengo una nueva historia, un cuento de arbustos que me atraparon en la debilidad.
Es como ser liebres en una jungla, estamos todo el tiempo corriendo, y a veces no se siente tan mal ser presa, pero no nos hagan desangrar.
Todas las noches en Buenos Aires son bastante parecidas, la gente camina riéndose de la vida y a nadie le importa nada, calles de adoquines para hacer sonar esos zapatos nuevos que retumban mientras otros solo se dedican a mirar la escena, abrazándose a un angel que alivie un poco la eternidad de las horas. Nunca sabemos a dónde pertencemos ni qué seremos esta noche, quizás seamos de los que se esconden en su perdición, o de los que van a estrenar un pase vip a la exitación, realmente no lo sabemos, es siempre distinto, hoy triunfamos y mañana morimos, y no sé si el drama radica en que jamás lo sabemos.
Podría perderme en los papeles de dibujos, la imprecición de un boceto, y sabés... el mundo realmente sigue igual, pero algo cambia en mí. No puedo encontrar mi punto estable, hoy solo soy un pez en la corriente y mañana tal vez esté dispuesta a diagramar con escuadras mis caminatas cada día.
Necesito pisar azfalto, necesito comerme un árbol, necesito aire frío, necesito alejarme y necesito ir a dónde nunca voy, viajar y reírnos de lo londiense de una noche, lucha a espadas, lucha a cuerpo, la humedad y las horas de pelquería, la moda atrevida y engañosa, estamos caminando por horas, buscando que se extinga el tiempo, y en un momento a otro estamos tirándonos por la ventana mientras un par de soñadores dolidos están escupiendo sus maldiciones para que alguien haga algo, y nada frustra más que saber que en realidad nadie hará nada.
Con un cucharón revuelvo y estoy de nuevo ahí parada, entumecida por los nervios y riéndome de la situación, nada que otro vaso no hubiera hecho pasar, como agua, ahora estamos todos bien otra vez, bendito exceso que nos salva cuando estamos ausentes, el delirio en el barrio, como si fuera siempre carnaval, pero sabemos que a la vuelta puede estar pasando lo peor. Y terminar en una casa dónde no encontremos la razón, y solo así terminaremos de salvar esa sangre que nos queda. Es mi mecanismo de cicatrización, y no entorpeceré el de nadie. Y que cuando me esté deshaciendo otra vez pueda encontrar la soga de unas horas atrás, si tan solo supieran esos insectos que vuelan en mi cabeza, el nectar y el azucar, cómo salva cuando nos estamos muriendo, si supieran, esa docis alienante que nos hace otros, pero en otros no están los pedazos que sepultaron el dolor en mí, ya no , porque tengo mil frascos con pastillas y remedios que harán de mi destrozo un nuevo escudo.
Viajes en el tiempo, caminatas que no se acaban, vagar y anular destinos, todo lo que necesito es tiempo. Y tiempo eterno de muerte mental. Si al final solo estamos perdidos, siempre estubimos perdidos, pero solo lo entendemos realmente cuando alguien nos muestra el mapa.
Saltando escombros y enamorándome por rato, mientras entra todo el aire húmedo, solo queda pensar si hoy es un día de los que me río de mi indiferencia o si será de esos trágicos en los que me duermo entre la orilla de un río helado y las piedras pinchudas que lo rodean. Si tal vez sea otro viaje por las estrellas, o encerrarme en una nube de algodón ¿Qué nos queda?
Miro la ciudad, me lena de pánico, sus veredas, sus faroles y la gente que camina, yo en ella perdiéndome en la plasticidad, buscando un camino, antes que salga el sol, es demasiado tarde para inyectarme veneno, se pierde el gusto, y hoy me acuerdo en tus ojos, es tan distante. Tengo una nueva historia, un cuento de arbustos que me atraparon en la debilidad.
Es como ser liebres en una jungla, estamos todo el tiempo corriendo, y a veces no se siente tan mal ser presa, pero no nos hagan desangrar.
Todas las noches en Buenos Aires son bastante parecidas, la gente camina riéndose de la vida y a nadie le importa nada, calles de adoquines para hacer sonar esos zapatos nuevos que retumban mientras otros solo se dedican a mirar la escena, abrazándose a un angel que alivie un poco la eternidad de las horas. Nunca sabemos a dónde pertencemos ni qué seremos esta noche, quizás seamos de los que se esconden en su perdición, o de los que van a estrenar un pase vip a la exitación, realmente no lo sabemos, es siempre distinto, hoy triunfamos y mañana morimos, y no sé si el drama radica en que jamás lo sabemos.
Podría perderme en los papeles de dibujos, la imprecición de un boceto, y sabés... el mundo realmente sigue igual, pero algo cambia en mí. No puedo encontrar mi punto estable, hoy solo soy un pez en la corriente y mañana tal vez esté dispuesta a diagramar con escuadras mis caminatas cada día.
Necesito pisar azfalto, necesito comerme un árbol, necesito aire frío, necesito alejarme y necesito ir a dónde nunca voy, viajar y reírnos de lo londiense de una noche, lucha a espadas, lucha a cuerpo, la humedad y las horas de pelquería, la moda atrevida y engañosa, estamos caminando por horas, buscando que se extinga el tiempo, y en un momento a otro estamos tirándonos por la ventana mientras un par de soñadores dolidos están escupiendo sus maldiciones para que alguien haga algo, y nada frustra más que saber que en realidad nadie hará nada.
Con un cucharón revuelvo y estoy de nuevo ahí parada, entumecida por los nervios y riéndome de la situación, nada que otro vaso no hubiera hecho pasar, como agua, ahora estamos todos bien otra vez, bendito exceso que nos salva cuando estamos ausentes, el delirio en el barrio, como si fuera siempre carnaval, pero sabemos que a la vuelta puede estar pasando lo peor. Y terminar en una casa dónde no encontremos la razón, y solo así terminaremos de salvar esa sangre que nos queda. Es mi mecanismo de cicatrización, y no entorpeceré el de nadie. Y que cuando me esté deshaciendo otra vez pueda encontrar la soga de unas horas atrás, si tan solo supieran esos insectos que vuelan en mi cabeza, el nectar y el azucar, cómo salva cuando nos estamos muriendo, si supieran, esa docis alienante que nos hace otros, pero en otros no están los pedazos que sepultaron el dolor en mí, ya no , porque tengo mil frascos con pastillas y remedios que harán de mi destrozo un nuevo escudo.
Viajes en el tiempo, caminatas que no se acaban, vagar y anular destinos, todo lo que necesito es tiempo. Y tiempo eterno de muerte mental. Si al final solo estamos perdidos, siempre estubimos perdidos, pero solo lo entendemos realmente cuando alguien nos muestra el mapa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario