domingo, 21 de junio de 2009

Mentiras de la tarde sin tarde

Ah! Increíble como se hace uno el culto escuchando jazz y escribiendo una infinitud de estupideces en uno de esos domingos dónde nada vale ni dos centavos y solo querés meter tu cabeza en una caja y apretar un botón y que todo haga kaboom! y yo que hoy quería estar en un estado de inconciencia total, pero NO, la fatídica lluvia y los horarios incómodos resignaron el viaje etílico que me haría borrar-té otra vez, como siempre, en un bote por cualquier lado para no llegar a ninguna parte, si al final de esto se trata todo ahora. Un día con esquemas, un listado de cosas por hacer que ya no quiero hacer, siempre yo, ahí diciéndo sí vamos sí vamos sí vamos, en el fondo queremos asegurarnos de no perdernos de nada pero así estoy, deseando solamente vivir en un caos , constante, participar en esas vidas donde mañana nunca importa, un sueldo un rancho y nada más, ya ni la cultura interesa, ese estado de perpetua vigilia, pero todo eso no se puede, una almohada llena llena de algodón para ahogar mis rulos y mis bucles y la estática de mi pelo, húmedo, así me despierto con el craneo partido en dos y pidiéndole a gritos a la química y la farmacia y la bioquímica y la medicina y los astros y los comos y la lisergia sideral una pastela multicolor que me teletransporte de todo dolor.
Ahh cuánto café necesitaré en esta historia de vida, meses raros, nada parece tener sentido para mí HOY, nada parece tener sentido para nadie NUNCA, pero algunas personas parecerían fingir muy bien tener el rumbo de su vida, una clara mentira, nadie tiene rumbo si no tiene un mapa.
Hay un costado enfermo en todas estas vueltas, ¿Cómo puedo explicar con todo este libro de quejas que yo de todos modos sé estar felíz? Cientos de uvas llueven sobre la vereda y todo se vuelve púrpura, y quiero nadar en ríos violetas, comerme el arcoiris con violentos mordizcos y escupirle nubes a la gente. Tarde, tres, tarde, cuatro, tarde cinco. Aún estoy esperando la revolución que le prometí a mi vida para no caerme desde un octavo piso. Noveno, décimo, onceavo.
Una desestructuración absoluta, amanecer y desear sentirme cerebralmente anulada, mismos desayunos, mismos textos, mismos palabreríos, soñar con flores, soñar con primavera, soñar con violeta. Violetas. Pensar, caminar, acordarse, caminar, pensar, acordarse de no acordarse.
Tomar una virome cualquiera de una mesa cualquiera, esbozar un dibujo triste y contarle a él, en secreto, a mis trazos, cuánto ha cambiado todo desde que alguien le tiró un baldaso de agua al sol. Me contesta, me habla, me traga, take me, y trash trash trash skratch skratch skratch adios , otro escrito a la basura, nada parece convencerme, solo apurar el contador para que llegue otro fin de semana y por la tarde luego no entender nada y reírme de todo, es más fácil así, cuando podemos consumirnos las horas en mil tonterías.
Ah maldito domingo que te obliga a pensar en la semana que pasó y acordarte de que vendrá otra y otra y otra. No quiero hacer nada, hoy no tengo ganas de NADA.
Encontrar el mejor disco de jazz del universo, y sigue con el sueño loco de encontrar amor en una disquería sin igual, con carteles de colores que hablan de lo bueno que era el rock y de cómo vamos a huír en la boca de una trompeta, suena todo y suena nada, en un subsuelo de alivio, el café, el vino, la gente, sus pasos, la ciudad humedecida, la lluvia que se avecina, el frío sobre nuestros sacos y la tristeza del gris en la piel. Y odio mi palidéz, y odio llegar tarde a todos lados.

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